Taboada: “Es clave enfocarnos en el techo de superficie cultivable, pero sin perder de vista la sustentabilidad”

sueloMientras aumenta la superficie cultivada y se incrementa la demanda mundial de alimentos, el desafío de maximizar la productividad sin degradar el suelo gana cada vez más importancia. Los números así lo indican: el valor de una hectárea de suelo en promedio, ronda los U$S 15.000, pero por esa misma superficie, víctima de la erosión y el mal manejo, se paga sólo U$S 8.000, es decir, prácticamente la mitad.

En Argentina, la degradación y erosión de las tierras afecta al menos un 40% de su superficie, según datos del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca. En este contexto, el buen manejo de los suelos, con un enfoque productivo y conservacionista, “permitirá mantenerlos en buenas condiciones físicas, químicas y biológicas para satisfacer la demanda de aire, agua y nutrientes de los diferentes cultivos” advierten los especialistas.

Miguel Taboada, director del Instituto de Suelos del INTA, explicó que “la extracción de nutrientes como el azufre, calcio, magnesio y el nitrógeno no son compensadas y eso conduce a una degradación difícil de revertir” y consideró que “las mejores herramientas para revertirlo, son las buenas prácticas”. Desde un punto de vista ecológico, social y territorial, el INTA amplió el campo de investigación en suelos para incluir perspectivas de estudio relacionadas con estrategias de manejo y recuperación.

“Desde la institución consideramos clave enfocarnos en el techo de superficie cultivable, pero sin perder de vista la sustentabilidad del ambiente”, aseguró Taboada, quien afirmó que “en las próximas décadas, el principal desafío global será incrementar la productividad agropecuaria para alimentar a una creciente población mundial, atendiendo a su vez a los crecientes problemas de degradación y contaminación de suelos, aguas y atmósfera”.

La expansión de la frontera agropecuaria es uno de los principales factores que afectan la estructura y el ecosistema. Cabe acotar que ya se alcanzó el 100% del área cultivable de la región pampeana, mientras que en el resto del país aumentó un 60%. A su vez, explicó Taboada, con el incremento del terreno destinado al cultivo en secano, las tierras con bosques disminuyeron un 18,4% y los pastizales naturales un 6,8%.

La utilización de los suelos es objeto de presiones encontradas: por un lado, Argentina se convirtió en un eficiente y exitoso productor y exportador de productos agropecuarios. Por otro, el mismo sistema que lo hizo posible, trajo aparejado algunos efectos adversos desde el punto de vista ecológico, como la prevalencia de monocultivos, la pérdida de biodiversidad y los impactos de los agroquímicos, remarcan los técnicos, que agregan que en lo productivo “hay algunas consecuencias, como el riesgo de agotamiento de nutrientes como el fósforo, que no se producen en el país”.

La consecuencia más clara se percibe en el suelo mismo, ya que hay evidencias de deterioro de la calidad del recurso, en especial en las áreas consideradas más vulnerables, sea por escasez de lluvias, como por riesgo de pérdidas de suelo por erosión hídrica y eólica.