Se los gritó en la cara

Imagen ilustrativa.

No sólo jugaba bien aquella categoría 86 de Boca Juniors, sino que también era demoledora. Tenía unos pibes que te arruinaban la defensa, te la dejaban por el piso y al arquero lo convertían en su víctima preferida con disparos de todos los colores. Remates de media distancia, tiros libres o jugadas a un toque que culminaban con alguna definición sutil.

Por los misterios que rodean al fútbol, de aquel equipo creo que solamente un volante llegó a debutar en Primera, pero deambuló en equipos de medio pelo. Y eso que estaba con varios jugadores que te llenaban los ojos. Un morochito petiso de apellido Gutiérrez jugaba como puntero derecho, en la otra punta estaba uno que le decían Pachi, creo que se llamaba Freyre o Frederic, algo así. Y por el centro del ataque, jugaba Juampi Valenzuela, de ese me acuerdo perfectamente porque lo sufrimos en carne propia y fue de los que estuvo en el quilombo.

En el 2000 vinieron a jugar nuestro torneo, el que organiza todos los años Atlético Patria, muy tradicional y convocante. De hecho en esos tiempos venían equipos de clubes del fútbol grande, también de Uruguay, Paraguay o Brasil. Era fantástico ver tantos planteles, tantas instituciones representadas. Y en esa ocasión llegó Boca que ya había estado el año anterior con dos categorías, ganando ambas su respectivo campeonato.

Ese año era el último de esa división por el límite de edad que había en el certamen. Nuestro equipo no era de lucirse demasiado pero tampoco se lo podía menospreciar, en la Liga aparecía en el pelotón de arriba y hasta hubo algún certamen en los que peleó el campeonato.

Me acuerdo que Boca arrasó con todos en ese torneo. Y a todos por goleada. En semifinales lo hizo añicos a uno de San Juan por 6 a 1; nosotros, los locales, superamos los cuartos y las semi por penales después de dos empates 1-1. No nos sobraba nada.

Llegamos al partido decisivo que se jugaba en la cancha principal y se había generado una interesante expectativa. Mucha gente de Atlético Patria, al margen de los padres de los chicos, fue a la cancha esa noche de febrero. Se cerraba el campeonato y ese duelo era como el broche de oro. Igualmente, para ser sincero, desde el cuerpo técnico no teníamos muchas esperanzas, solamente le dijimos a los jugadores que den todo de sí porque era una oportunidad única de jugar contra Boca en un campeonato infantil. Además se trataba de su último año en nuestro clásico torneo por el límite de edad que ya conté.

Cerca de las 20.00 comenzó el cotejo con un marco similar a lo que se veía cuando jugaba la Primera. La suave y fresca brisa veraniega atravesaba el campo y traía cierto alivio a esa jornada agobiante. Los equipos en la cancha, el duelo en marcha y Boca con la pelota, como era de prever.

Nuestros chicos hicieron un primer tiempo con mucha actitud, entrega, a tripa y corazón. Nos fuimos abajo 2-1 pero con la tranquilidad de estar haciendo muy bien las cosas. Los dos goles de ellos fueron de Valenzuela, como no podía ser de otra manera. Alto, corpulento, tenía una enorme diferencia en la categoría con su infradotado físico. Si hasta le sacaba una cabeza a Nico Frascara, nuestro volante, capitán y conductor. Incluso hubo algunos cruces en la cancha, se vieron las chispas entre ambos cuando Nico lo cruzó feo abajo. De algo estábamos seguros: íbamos a vender cara la derrota.

En el complemento la intensidad fue en aumento, el aliento de la gente agrandó al equipo que estaba jugando como si fuera una final del mundo. No era tal, pero sí tenía esa relevancia para los chicos, hasta incluso le inculcamos eso en la previa y en el entretiempo, por lo que asumieron la idea y se mentalizaron para dar batalla.

Iban 10 minutos cuando Nico metió un tiro libre precioso desde la derecha y en las alturas se elevó más que nadie el Toto Medina, con un cabezazo espléndido superó al arquero y nos dejó igualados. El grito de gol explotó en las tribunas donde nadie estaba sentado, todos cantaban por esos pibes.

Las virtudes de Boca comenzaron a desaparecer y lo fuimos metiendo en nuestro juego. El de la fricción, raspar, meter, anulando la posibilidad que tenían para desplegar su fútbol asociado. Nosotros estábamos en nuestra salsa. Como era de esperar hubo algunos encontronazos entre los jugadores, ya que el partido iba por ese carril. Varios cara a cara, alguna caricia firme en la mejilla del rival y los insultos del paso.

Podía decirse que eso estaba dentro de la normalidad de cualquier partido, más en una final. Lo que sí no nos caía nada bien era la sobrada, la canchereada que nos tiraban en nuestro rostro. Me acuerdo cuando el 5 le dijo “cara de huérfano” a Pedrito Ochoa; también del 10 diciendo “muerto de hambre”, “son horribles” o Valenzuela a Nico Frascara cuando le gritó “¡Lo único que saben es pegar, manga de burros, pataduras, nunca van a llegar a nada. Nosotros somos Boca y ustedes se van a morir acá!”. La recuerdo patente y también la recuerda Nico porque hasta el día de hoy la cuenta en algún asadito con amigos.

El cotejo siguió y cerca del final, el tal Juampi se escapó en ataque, se iba cara a cara con el arquero seguido por Medina que había quedado como último hombre. Con un esfuerzo supremo se tiró desde atrás y le juntó los tobillos al grandote que cayó pesadamente. Para todos había sido a centímetros del área, pero para el árbitro no. Penal, expulsión y oídos sordos a los miles de reclamos que llegaron de todas partes. Un desencanto, una amargura… hasta algunos pibes lloraban de impotencia.

Y allí comenzó el punto central de esta historia, el porqué de lo que estoy contando.

“Mirá cómo le rompo el arco”, le dijo Valenzuela a Nico que estaba con las manos en la cintura. “No es malo ser segundo de nosotros”, le susurró en el oído esperando que nuestro capitán reaccionara pero solamente lo miró mordiéndose los labios, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el círculo central.

El delantero acomodó la pelota, pisó a su costado como aplastando el poco césped que allí estaba porque era más tierra que otra cosa. Tomó distancia, lo miró a Agus, nuestro arquero, con ojos de criminal. Luego se concentró en el esférico, escuchó el pitazo, comenzó a trotar hacia el punto penal y sacó un remate con una potencia bestial. Agus se tiró a su derecha, mientras la pelota fue hacia el otro lado. Era el fin. Pero el disparo salió elevado a tal punto que reventó contra el travesaño.

El silencio que invadía la cancha se transformó en algarabía y gritos interminables. Pero aún no era el fin. Fue tan potente el remate que el rebote cayó al borde del área grande donde Pepe Ilarraga, el 3 de Patria, le pegó de punta para arriba, como sacando esa pelota del mismísimo universo.

Ese despeje fue igualmente más alto que largo y se murió en la mitad de la cancha donde estaba Nico quien se había ido del área. La bajó con naturalidad con el empeine derecho, la dejó dócil a sus dominios, giró para el arco rival y con un enganche veloz lo desparramó al 5 que se la pasó puteando toda la noche, cruzó el círculo central y desde ahí mismo remató. Mirá que tenía para seguir con la pelota, le quedaba un defensor más y el arquero, pero no. Quizás sin pensarlo, quizás porque lo sintió así, quizás porque lo vio adelantado al arquero o quizás porque alguna fuerza divina lo empujó a hacerlo. Pero lo hizo.

La pelota convertida en luna viajó unos 30 metros en esa noche calurosa, comenzó a caer superando a ese pibe que custodiaba el arco quien corría desesperadamente hacia atrás, pisando su propia sombra. Hizo un vuelo inerte sin sentido contra ese disparo colosal que se metió contra el ángulo izquierdo.

La cancha fue una locura, la gente volvió a estallar en un solo grito de gol interminable. Y Nico allá. Corriendo sin parar. Pasó por delante del 5 y le cantó su gol, llegó hasta Valenzuela y se le rio en la cara por un instante, corrió hasta el banco de suplentes de Boca y se levantó la camiseta de Patria para dejar al descubierto la del equipo de sus pasiones: ¡la de River!

Media hora pasó hasta que se calmaron las aguas en esa tempestad que se había desatado. Empujones, manotazos, puteadas de colores y tonos diversos, a esto de una batalla campal. Obviamente que Nico se fue expulsado, como también Valenzuela que en el tumulto hasta se comió una mano de Paredes, otro que vio la roja por esa acción pugilística. Hubo uno más de ellos que no recuerdo. Quedamos 8 contra 9 y los últimos tres minutos resultaron 45 años de vida terrenal.

El árbitro se apiadó de nosotros que no dejábamos de rechazar centros, marcó el final y todo el mundo se metió en la cancha para celebrar aquel triunfo épico, descomunal, inolvidable. Recuerdo que desde el cuerpo técnico nadie abaló la conducta de Nico, pero interiormente entendimos ese volcán que explotó después de un gol fantástico en una final de dientes apretados contra un grande. Una final en la que los pibes sacaron a relucir un carácter de la puta madre, como debía ser en semejante momento y ante ese rival.

Quizás la soberbia de algunos de ellos, le impidió llegar a Primera. Quizás por la entrega y el sacrificio de siempre, Nico sí llegó a Primera y jugó en varios equipos. Quizás para ellos fue solamente una final perdida y nada más, pero para nosotros quedó en el recuerdo eterno. Imborrable. Para siempre.

* Por Mauricio Jacob

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