Nuevas historias para destacar: Hoy Silvia Eberle y Darío López, sus más de 30 años como docentes y el gran aporte para los niños de Las Cuevas y Crespo

En este ciclo de entrevistas de El Observador, con un repaso histórico de las trayectorias de empresarios, comerciantes, profesionales, dirigentes, entre otros, dialogamos esta semana con Silvia Eberle y Darío López, 2 reconocidos docentes jubilados de Crespo, quienes durante más de 30 años estuvieron cumpliendo funciones en Las Cuevas, con un destacado desempeño, que fue más allá de lo educativo, sino también por sus aportes en lo social.

Silvia se recibió de docente (maestra) en el Colegio Sagrado Corazón, su primer trabajo fue, con una suplencia, en la Escuela Privada Nº 19 de Seguí y al año siguiente (1981) se sumó a la Escuela Nº 103 ‘Ceibos Floridos’ de Las Cuevas, donde desarrolló su carrera docente. Allí se jubiló, luego de más de 33 años: “Estuve mucho tiempo en 1º Grado, en 7º, fui preceptora en el Secundario (cuando empezó el EGB) y 3 años como directora de la Primaria. Junto a otras docentes, colaborábamos como celadoras del Internado y en el comedor escolar. Llegué a estar hasta 14 días seguidos allá. Era todo a colaboración, es decir, teníamos el cargo de docente, pero no cobrábamos como celadores. Con Darío, éramos compañeros de trabajo, fuimos amigos, luego novios y nos casamos en 1990”, por lo que este año, cumplieron 35 años de matrimonio. “Ahora, como jubilados, disfrutamos de 2 hermosos hijos, Stefanía y Lautaro y tenemos la alegría, en el ‘día a día’, de ver dos ‘solcitos’ que llenan nuestras vidas, Catalina y Alfonsina, nuestras nietitas”.

Darío contó sobre su particular historia de vida: “Mi papá era dueño de un circo y a pesar de que éramos muchos hermanos, 17 en total, siempre quiso que sus hijos estudien. A mí me dieron la posibilidad de hacerlo y lo aproveché, recibiéndole de profesor de Educación Física, en Gualeguay. A los 11 días, las Hnas. Misioneras Siervas del Espíritu Santo, que estaban al frente de la Escuela 103, se enteraron que en un circo que estaba en la zona, había un ‘profe’, así que me llamaron a una reunión y a los pocos días, ya estaba trabajando. El inicio fue en 1983, recuerdo que los primeros 3 meses era ad honorem, hasta que se oficializó el cargo. Y allí, desde ese momento hasta mi jubilación, estuve 32 años y 4 meses. En un tiempo, trabajaba de viernes a domingo en el circo y me tomaba el colectivo para volver a Las Cuevas y así, llegar a mi horario de trabajo, que empezaba a las 10.00 de los lunes. Quiero mucho a esta institución, fue la que me permitió desarrollar la carrera docente. Cuando tenía horas libres, me iba a distintas escuelitas de la zona, de Rincón del Doll, Molino Doll, Costa Grande… y les pedía a los directivos que consiguieran la autorización de la Dirección Departamental y les daba a los chicos una horita de Educación Física. Ellos, felices y en lo personal también era una alegría, porque en esas escuelas de campo, los alumnos tenían también la posibilidad de recibir la Educación Física”.

En Las Cuevas, fuera del horario escolar y viendo que los niños no tenían oportunidades de hacer un deporte, alquilaba un predio (Complejo El Tigre) para que los gurises del pueblo tengan un lugar para actividades recreativas, por supuesto, bajo su dirección. Para solventar ese gasto, se realizaban rifas, PRODE, venta de empanadas y si no alcanzaba para el pago, no dudaban en aportar de su bolsillo, para que este proyecto a favor de los niños, pudiera continuar. “Empecé con 3 chicos y al poco tiempo ya eran 37. Siempre se le conseguía algún regalito, medalla, se le brindaba una merienda. Luego nos fuimos al Complejo Amigos del Deporte. El dueño del predio, ‘Dani’ Acosta, me dijo: ‘se lo presto para que lo ocupen para realizar deportes, me gusta ver correr a los gurises’. A ese terreno lo cuidamos hasta que nos retiramos de Las Cuevas. A esa propuesta la repliqué luego en Crespo, cuando armamos ‘Los Amigos del Campito’, que hoy lo seguimos, en el ‘Yapeyú’, con muchos niños y jóvenes participando. Por supuesto lo hacemos ad honorem, todo a pulmón, para que los chicos que no pueden estar en un club, hagan deportes, tengan nuevas amistades, que es tan importante para ese momento de sus vidas. Son pequeñas alegrías que te deja esta profesión” expresó Darío con emoción. Silvia agregó que “además del trabajo de enseñar, en la escuela uno hacía de psicólogo, psicopedagogo, de mamá, papá… Darío en el Internado les cortaba el cabello a algunos chicos, porque muchos de ellos no tenían los recursos para ir a una peluquería. En la actualidad, los docentes quizás no hacen eso, pero tienen que luchar con otras cuestiones de la realidad. Creo que se los debería considerar más, en primer lugar, tener un mejor sueldo, para que no terminen en otros trabajos, como está pasando con los maestros en la actualidad. Hay que apostar a la docencia, sino, ¿en qué vamos a terminar?”.

Finalmente, a modo de reflexión, Darío agregó: “Mi deseo es que siga adelante nuestra querida Escuela 103. Se ve que la matrícula ha caído, cuando se llegó a tener hasta 260 alumnos. Alentamos a quienes están al frente que sigan adelante, que no bajen los brazos. Y lo mismo para todas las escuelas rurales donde la matrícula es poca, que no dejen de hacer algo siempre por los chicos, para que tengan las mismas oportunidades que los niños de las ciudades”.

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