Dormir poco es una “bomba de tiempo” para su vida

Los seres humanos tenemos diferentes tipos de necesidades básicas orgánicas, como comer, respirar, ir al baño o dormir. Todas son absolutamente indispensables para que el cuerpo funcione correctamente, aunque en los últimos tiempos la gran mayoría de la población pospone una y otra vez el sueño placentero y en su justa medida, sin advertir que esa actitud desencadena numerosas enfermedades. Las agendas del mundo actual se encuentran cargadas de obligaciones y horarios ajustados que parecieran ser sinónimos de competitividad, cuando en realidad las rutinas que se convierten en una vorágine de compromisos son nocivas para la salud. Si bien las horas que cada persona necesita dormir dependen de cada caso en particular, la Organización Mundial de la Salud recomienda un mínimo de 8 horas para adultos y 9 horas para niños en edad escolar o adolescentes estudiantes. La edad, la carga genética heredada, las responsabilidades del trabajo y el hogar, el desgaste de las relaciones sociales, son algunos de los factores que determinan las horas de sueño que requiere cada persona. Pero en lo que coinciden todos los organismos que trabajan en el ámbito de la salud, es que privarse de las horas de sueño entre los 30 y los 60 años, puede significar un alto costo para el organismo a futuro, que se comenzará a notar al finalizar la adultez o ingresar la vejez, etapa en la que las afecciones no son tan sencillas de curar. El Observador detalla a continuación algunos de los trastornos, que aumenta el riesgo de sufrirlo entre quienes duermen poco:

Hipertensión: el sueño permite que el corazón vaya más lento y la presión arterial descienda. Estudios han demostrado que quienes sólo duermen de 5 a 6 horas diarias, hacen que su corazón bombee más sangre a las arterias y se altere el nivel de presión arterial, situación que en no más de 10 años lleva a la hipertensión. En consecuencia, las personas que no duermen lo suficiente son dos veces más propensas a morir por un ataque cardíaco o un accidente cerebrovascular que el resto de la población. La falta de sueño crónica puede activar en el cuerpo un químico llamado citocina, indicador de la inflamación y el endurecimiento de las arterias, conocido como arterioesclerosis. Asimismo, la Universidad de Medicina de Atenas logró demostrar que quienes duermen siesta periódicamente, reducen en un 34% el peligro de sufrir un problema cardíaco en comparación con quienes sólo duermen una vez al día.

Obesidad: Dormir poco hace que las personas coman más, por lo que engordan de manera desenfrenada, pudiendo llegar a la obesidad mórbida. Reducir las horas básicas de sueño disminuye la segregación de leptina, hormona limitadora del apetito y aumenta la producción de grelina, que es la inductora de la sensación de hambre. Por otra parte, producto del cansancio, el estado anímico baja y la iniciativa o entusiasmo por practicar algún tipo de actividad física suele desaparecer. Entonces no sólo se cancelarán las clases en el gimnasio o las rigurosas caminatas matinales, sino que durante el transcurso del día los movimientos serán pocos y lentos. A medida que aumenta el sedentarismo, crecen las probabilidades de tener obesidad.

Diabetes y colesterol: Desarrollar un sueño corto durante muchos años, hace que el cuerpo tenga dificultades para metabolizar el cortisol y la glucosa, además de producir una cantidad mayor de hormonas y químicos que aumentan el riesgo de presentar niveles elevados de estas enfermedades.

Depresión: Son más constantes en quienes duermen pocas horas, ya que esta carencia incide en las respuestas emocionales del cerebro. Se torna frecuente la irritabilidad en el trato, el mal humor y los pensamientos negativos producto de la fatiga y el sentirse abrumado por los quehaceres sin poder “volver a cero”.

Bajas defensas: Al dormir, el sistema inmunológico se fortalece. Resfríos, anemias y todo tipo de enfermedades virósicas resultan fáciles de contraer para quienes no descansan correctamente, puesto que el descontrol conlleva al mal funcionamiento de los sistemas y una baja de las defensas del organismo.

Reducción del rendimiento físico e intelectual: El desgano, la disminución de la memoria y la falta de concentración son factores rápidamente posibles de advertir en una persona que no descansa lo suficiente. El sueño tiene un efecto reparador que resulta sumamente necesario para continuar con las actividades diarias y que no puede ser reemplazado por ninguna otra acción o medicamento. Tomar café, una reconocida gaseosa con aspirina o energizantes, no hacen más que producir un efecto momentáneo de “estar bien despierto”, pero pasado el mismo el cansancio es aún mayor y para entonces la actividad cerebral y muscular habrán generado un desgaste importante de energías.

Envejecimiento prematuro: Ojeras, piel opaca, pérdida del brillo natural en el cabello y ojos rojizos son parte del conjunto de características que se concentran en la imagen de quien no duerme lo suficiente. La falta de sueño produce radicales libres que causan el envejecimiento prematuro. Durante la noche el cuerpo se recupera del estrés diario, elimina desechos y se produce la renovación de células muertas por otras nuevas,  pero cuando este proceso no alcanza a llevarse a cabo en su totalidad, las funciones orgánicas se alteran y la dermis lo manifiesta acelerando su envejecimiento. Las reacciones del cuerpo deterioran la imagen corporal, afectando a las mujeres en mayor medida.

Científicos e investigadores comparan la falta de sueño con una “bomba de tiempo” y apuntan a las exigencias de la vida moderna como factor desencadenante de las nuevas noches cortas en la población. La lucha entre las obligaciones del trabajo y el necesario desarrollo de una vida personal, hace que la mayoría sacrifique las preciadas horas de sueño para cumplir con todo lo que la sociedad espera de cada uno. Pero ¿vale la pena el costo que el organismo paga por ello?

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