Déficit motriz y cognitivo: El costo del exceso de pantallas. Opiniones del Lic. Carlos Sigvardt

“Vivimos rodeados de pantallas. No son herramientas, son ambientes. Un niño de 8 años hoy pasa más horas frente a una pantalla que interactuando con personas, objetos físicos o resolviendo problemas sin un botón de ‘deshacer’. El resultado no es solo déficit de atención, es algo más profundo, un tipo de analfabetismo que no figura en las estadísticas escolares: el déficit motriz y cognitivo” sostiene el vicepresidente de la Fundación Educación Emocional, Lic. Carlos Sigvardt.

“El déficit motriz es la dificultad de leer, escribir y usar el propio cuerpo con precisión, fuerza y coordinación. Antes, un niño aprendía a trepar, lanzar, equilibrarse, cortar con tijera, atar cordones, porque el juego lo exigía. Hoy, muchas de esas habilidades se reemplazan por el deslizamiento sobre la pantalla. El cuerpo se vuelve pasivo. Lo que se usa es el dedo índice o pulgar y la vista”.

“Los datos son claros: se reporta cada año que, más estudiantes llegan a secundaria sin poder hacer una voltereta, saltar la soga o sostener una postura 30 segundos sin caerse. No es pereza. Es falta de práctica. El cerebro motor se desarrolla por uso. Si no hay desafío físico variado entre los 3 y los 12 años, las conexiones neuronales para la coordinación fina y gruesa no se establecen con la misma densidad. Después, recuperarlas cuesta el triple. Un adolescente con déficit motriz no solo juega peor. Se frustra más rápido, evita el esfuerzo físico y desarrolla una relación de desconfianza con su propio cuerpo. Eso impacta en autoestima, en el deporte y en tareas tan básicas como escribir a mano sin fatigarse”.

“El déficit cognitivo es el otro lado. Las pantallas están diseñadas para capturar atención mediante estímulos rápidos, recompensas intermitentes y contenido que no exige esfuerzo de sostenimiento. El cerebro se acostumbra a cambiar de foco cada 8-12 segundos. Eso atrofia dos funciones críticas: la atención sostenida y la memoria de trabajo. Como metáfora podemos decir que: ‘leemos luz y todo pasa a la velocidad de la luz’ imposible para el cerebro procesar”.  

“Un chico que consume 4 horas diarias de video corto desarrolla una intolerancia real al aburrimiento y al desafío cognitivo. Leer un texto de 3 páginas sin interrupciones se vuelve una tortura. Resolver un problema de matemáticas que requiere 5 minutos de pensamiento lineal se abandona antes de empezar. No porque no pueda, sino porque su sistema de recompensa aprendió que el esfuerzo largo no paga. Lo que se ve es ‘falta de atención’. Lo que hay debajo es un cerebro desentrenado para la profundidad y esfuerzo. Además, el exceso de pantallas reduce la experiencia directa con el mundo. El aprendizaje cognitivo profundo necesita tres cosas: manipulación física, conversación cara a cara, y tiempo muerto para que el cerebro consolide. Una pantalla reemplaza las dos primeras y elimina la tercera. El niño ve, pero no toca. Escucha, pero no negocia turnos de conversación. Y nunca se aburre lo suficiente como para que su mente genere ideas propias”.

“La combinación de ambos déficits es preocupante. Un estudiante con poca coordinación motriz evita actividades grupales. Un niño con atención fragmentada no sigue instrucciones complejas. El docente interpreta desinterés. El estudiante siente fracaso. Se entra en un ciclo donde se evita lo que se hace mal, y se hace mal lo que se evita. La solución no es demonizar la tecnología. Es reequilibrar. El cuerpo y el cerebro necesitan ‘entrenamiento de base’ antes de la especialización digital. Eso significa: 60 minutos diarios de juego libre no estructurado, sin pantallas. Tareas que impliquen cortar, amasar, construir, trepar. Clases que empiecen con 5 minutos de atención sostenida sin estímulo externo. Silencio, lectura, resolución de problemas sin otra herramienta que la mente. Los padres y docentes tienen que entender que cada hora de pantalla sin propósito es una hora que no se invirtió en alfabetizar el cuerpo y la mente. No es moralismo. Es neurodesarrollo. El cerebro se programa a sí mismo según lo que usa. Lo que no se usa, se pierde. La buena noticia es que el cerebro es plástico. Un chico de 14 años con déficit motriz puede aprender a escalar. Un adolescente con atención dispersa puede recuperar 20 minutos de concentración con práctica diaria. Pero requiere quitar la droga fácil (pantalla): la estimulación constante, sin fricción, sin esfuerzo”.

“La pregunta no es si las pantallas son malas. La pregunta es: ¿qué habilidades estamos dejando de entrenar mientras miramos la pantalla? Porque en 10 años, el costo no va a ser el tiempo perdido. Va a ser una generación que sabe navegar apps, pero no sabe navegar su propio cuerpo ni su propia mente. Si queremos adultos capaces de crear, resolver, sostenerse y desarrollarse, tenemos que volver a enseñarles a usar las manos, todas las funciones del cuerpo y a sostener el pensamiento. Antes de que sea demasiado tarde”.

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