Crespo: La historia del “Negro Gottig” y sus 55 años en la música

En Crespo, el “Negro Gottig” es sinónimo de música y con acordeón en manos recorrió decenas de escenarios de los eventos más variados, entre fiestas familiares e institucionales. Donde era convocado, estaba presente para acompañar, muchas veces, sin pedir nada a cambio, solo con el fin de colaborar con alguna entidad.

Se llama Valdemar, está casado desde hace 51 años con Norma Bering. “Ella fue un pilar fundamental, siempre me alentó en esto de la música” dijo Gottig en el inicio de una emotiva charla con El Observador.

“Mi primer contacto con un acordeón fue en 1967, me la compró mi papá a una profesora de apellido Müller. Recuerdo hasta el precio, $ 600 moneda nacional. Ese mismo día fui a lo de Alfredo Henkel y le pedí que me enseñe a tocar. Me dio unas instrucciones. Vuelvo al otro día y ya le toqué una pieza… Me gustaban más los temas con cambios de tono. Así fue ensayando cada vez más canciones, siempre de manera autodidacta, hasta que se dio la primera presentación, en un casamiento. Esa vez fue con Don Bernardt…”.

Gottig rememora que “con 2 grandes músicos con los que toqué fueron Rolando Spréafico y ‘Pepe’ Machovec, a quienes conocía ya cuando con Aurelio Wendler y otros 2 integrantes, formaban ‘Los Juveniles Rítmicos’. Iba a verlos. A Aurelio siempre lo admiré con lo que hacía con el acordeón. ¡Qué músico! En ese tiempo, no pensaba que algún día podía llegar a tocar con Rolando y ‘Pepe’. Hemos estado en cumpleaños de 15, casamientos y hacíamos de todo: paso doble, tangos, boleros, polcas, chamamé, zamba, chacareras. Íbamos a las 10 de la noche, armábamos todo, a la medianoche empezábamos y casi no parábamos hasta las 5 de la mañana. Y nunca repetíamos un tema y éramos abiertos a lo que la gente nos pedía”.

“En los últimos tiempos, tuve presentaciones en los geriátricos, también en el Hogar de Ancianos del Hospital, para llevarles una alegría a los abuelos a través de la música. Los sábados a la tarde, durante muchos años, en el Centro de Jubilados Nacionales. Con Hebras Plateadas participé incluso en teatro. Yo no actuaba. No precisaba hablar, el acordeón hablaba por mí. ¡Qué tiempos aquellos!”.

“Otra persona que siempre admiré fue Osvaldo Chiappessoni, es más, en mi acordeón tengo pegada una foto de él, un gran maestro. Siempre estuvo dispuesto a ayudarme. En realidad, todos los músicos con los que subí a un escenario, me dieron sugerencias. Para mi fue un honor tocar con ellos y por supuesto, acepté cada consejo que me fueron dando…”.

El final de su trayectoria fue después de la pandemia: “Desde ese momento, no salí más a actuar… Cerré así, 55 años muy lindos de actuación. A cada fiesta siempre fui, no para que me paguen. Nunca me interesó el dinero. Me gustaba tocar y que la gente la pase bien. Y donde estuve, el público quedó conforme, alegre, que para mi, era la mejor retribución que podía tener…”.

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