Alcides Herrera: Un goleador de raza en la historia de Paraná Campaña

Maria Grande 1980 81Quienes lo conocieron de aquellos gloriosos años de Paraná Campaña, donde salían jugadores fantásticos por todos lados, saben quién es, lo conocen, festejaron sus conquistas o sufrieron sus festejos. Su nombre completo es Lorenzo Alcides Herrera, actuaba como delantero, lo hacía en Atlético María Grande entre los ’70 y principio de los ’80. Lo interesante, y por eso su nombre se encuentra en el presente artículo, es que fue un atacante extraordinario que llegó a aproximadamente 200 goles. Quienes lo vieron aseveran que tenía un cabezazo mortal, dueño de una potencia física privilegiada que ponía los pelos de punta a cualquier arquero o defensor.

Alcides, como todos lo conocen, nació el 12 de agosto de 1956. Inició su carrera en el Rojo, su club de toda la vida, en 1971. Allí jugó hasta 1983 cuando una seria lesión lo alejó por varios años de las canchas. Integró, entre otros grandes equipos, al campeón invicto de 1981.

En una entrevista brindada a Dx3 TV, se despachó con anécdotas, recuerdos, equipos, jugadores, el fútbol de ayer y el de hoy. “En mi carrera tuve muchos buenos compañeros, eran todos grandes seres humanos. Ahora, como jugadores, tenía admiración por Luciano Ibarra. Él era para nosotros lo que es Riquelme para Boca. Era mentalmente rápido, tenía ese andar lento y pausado, pero daba asistencias extraordinarias. Me conocía muchísimo, donde yo picaba él me asistía de forma notable. También estaba Carlos Mastaglia, era muy habilidoso, un jugador de gran manejo y desequilibrante. Por afuera aparecía Santiago Ciarroca (Pepe), un gran wing, muy veloz, abría muy bien la cancha. Eran tiempos de futbolistas que siempre se destacaban como Alberto Beto Rivas, Amadito Azaad, Cuque Peralta, Cuca Leiva, Ricardo Tato Villanueva, Camella Monzón, Pérez Cardama, Horacio Franco, Jorge María, entre otros. Con muchos de ellos dimos la vuelta en 1981, un gran equipo que salió campeón sin perder ningún partido”, rememora.

Sin archivos precisos a la vista, Alcides asegura que mandó aproximadamente 200 veces la pelota al fondo de la red, con un promedio de 17 ó 18 goles por temporada. Así también lo sostienen aquellos que jugaron en esos tiempos, nadie lo desmiente.

Con claridad narra que “entre los goles recuerdo uno en cancha de Cañadita Central de Seguí. Salíamos de María Grande a las 12.00, y me pasó a buscar por casa un amigo de mi barrio que hace poco tiempo falleció, Marcelo Sosa. Yo estaba apurado almorzando sábalo al horno, y me quedó una espina clavada en la garganta. Fui a jugar así, no había tiempo para nada raro y no me la podía sacar. Jugamos e hice un tremendo gol de cabeza con el que le ganamos 1 a 0, Cuando volví a María Grande el doctor Juan Elberg me sacó la espina que todavía tenía en la garganta”.

La risueña anécdota pinta otros tiempos, otras vivencias en el fútbol ‘más de campo’ que se vivía, pero siempre con la misma pasión. “Da la casualidad que otro gol que recuerdo mucho, fue también ante Cañadita pero en María Grande. Carlos Mastaglia sacó un remate potente,el arquero voló y la mandó hacia un costado. Hubo un rebote en un delantero y la pelota cayó cerca de la línea de meta, pero seguía en juego. Él pensó que había salido entonces la agarró y la puso en el área chica para hacer el saque de meta. Yo había visto que el árbitro no había cobrado saque de arco, entonces cuando dejó la pelota para sacar fui y le pegué directo al arco. Gol”.

Este último detalle, fue una de sus características como futbolista: “Era un delantero muy pícaro. La picardía que no tenía fuera de la cancha, sí la tenía adentro. Contaba con una velocidad tremenda mental y física. Era jugador de potrero, lo que ahora no se ve. Estaba muy atento a lo que pasaba, llegaba siempre un segundo antes a los defensores. Era muy vivo”, aclara.

“Esas cosas de potrero, no se ven ahora”, opina el goleador. “En las escuelitas de fútbol se enseñan cosas muy importantes, valores de vida fundamentales. Pero los chicos nunca van a aprender cuestiones que solamente se ven en los potreros, en las canchitas del barrio donde se juega hasta que no se ve nada. Esa picardía de hacer cosas que el rival no piensa que vas a hacer, entendés. Hoy está más mecanizado a las tácticas”, completa Herrera.

Con un hijo formado en la cantera del CAMG, dice que “es distinto a mi como jugador. Juega en un puesto diferente, no es un delantero neto. Cuando era más chico le enseñaba algunos conceptos que me los dio José Herrera, mi tío, un gran jugador de Atlético. Esas cosas fueron útiles en mi carrera y yo se las trasladé a mi hijo”.

“Siempre salí goleador de los torneos, pero nunca recibí una medalla o un premio por eso. No existía ninguna premiación en esa época. Ahora en mi casa hay un montón de trofeos de mi hijo que logró en la Escuelita de Fútbol y yo no tengo ninguno. Me da envidia..jaja. Antes no se acostumbraba y bienvenido que sea así ahora para estimular a los chicos”, se sincera.

Goleador se nace, no se hace. Parece ser una premisa casi indiscutible. Alcides aclara que los tiempos para los romperedes, han cambiado: “Con el fútbol actual, es difícil que alguien llegue a la cantidad de goles que hice. Sencillamente porque es todo más táctico, más estudiado, dejan pocos espacios para las iniciativas. Es difícil. En mis tiempos era todo más chacarero, entonces los que tenían condiciones hacían la diferencia. Yo aprovechaba a las defensas que se paraban en línea. Ahora hay otros esquemas defensivos, te esperan escalonadamente y atacan con menos jugadores”.

Maria Grande 1980 81 sadSu gran carrera en el balompié regional, se vio cortada por una durísima lesión. Según recuerda, el 27 de noviembre de 1983, en una final con Deportivo Bovril, sufrió fractura expuesta de tibia y peroné. Fue en un mano a mano con el arquero Gentile quien lo golpeó en el pie de apoyo. Recién pudo volver en 1985 jugando para la Segunda de Atlético María Grande.

Su camino en la vida va de la mano con el CAMG: “Atlético significó muchísimo para mí. Sufrí y disfruté mucho por esa camiseta. Era tan tonto que cada vez que hacía un gol me emocionaba y lloraba antes que festejarlo. Quizás por los nervios con los que vivía o porque lo llevaba muy adentro…no sé”, rememora con sus ojos brillantes de afecto hacia los colores.

“Cuando era jugador vivía para el fútbol, después cuando dejé la pelota pude formar una familia grandiosa. Es mi sostén y por lo que vivo”, cierra.

Lorenzo Alcides Herrera, un goleador impecable de aquellos años de canchas casi peladas, pero de gargantas cargadas de euforia. Esas mismas que él se encargó de llenar de gol con sus conquistas imborrables.

 

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